
Felix Rodríguez de la Fuente fue un pionero en descubrir y seguir las Grullas que invernan en España. Fue uno de los primeros en describir sus viajes cruzando Europa y su contemplación como uno de los espectáculos más grandiosos que puede proporcionar la Naturaleza a nivel mundial, comparable a cualquier migración de la gran fauna africana, y que tenemos las fortuna de tener entre nosotros en España desde octubre hasta marzo, cada año, desde hace milenios.
Estas son algunas de sus grabaciones en Radio Nacional de España (RNE), en las que menciona las Grullas:
«Un lugar de encuentro con la vida silvestre en su esplendor era la laguna de la Nava, en la Tierra de Campos palentina, a escasos setenta kilómetros de Valladolid:

«La laguna de la Nava cubría una buena extensión de la provincia de Palencia. Por las épocas últimas de este aguazal, empezaba yo mi carrera de medicina y nos íbamos desde Valladolid al mar interior de Castilla. Una laguna superficial, extensísima. Eran fugaces y primerizas expediciones ornitológicas. Yo les aseguro que pocos espectáculos, pocos recuerdos, pocas vivencias han quedados tan vivamente grabadas en mi memoria como aquellos amaneceres en la laguna de la Nava. Nos metíamos en unos toneles, protegidos entre el carrizo, como hacían los cazadores, pero no con afán cinegético, sino simplemente para ver lo que iba apareciendo delante de nosotros.
A medida que el amanecer se insinuaba en el plano horizonte de aquel auténtico mar interior de aguas dulces, quizá ligeramente salobres, se iba levantando la niebla que durante la noche había caído hasta besar sensualmente las frías aguas. Recuerdo que una mañana la niebla se levantaba de una forma nítida, geométrica, como si la elevara un titán que tuviera la fuerza de tirar de aquella sutil nube hacia arriba.
Las patas de miles de grullas, que habían recalado allí en una etapa de su ruta migratoria, iban quedando al descubierto, de tal manera que delante de nuestros ojos atónitos no se veía más que un bosque inmenso, infinito, hasta el horizonte, de las largas, negras y nervudas extremidades de las grullas que habían pasado la noche en la laguna. Sólo extremidades. No veíamos el cuerpo de las grullas. Y a medida que la niebla se iba levantando centímetro a centímetro, la parte inferior de los cuerpos de las grullas, que venían a pasar el invierno procedentes del norte de Asia y de Europa, iba quedando al descubierto, encendidos sus plumajes por los primeros rayos del sol que despegaba en el horizonte. Cinco mil, diez mil, veinte mil grullas. Quién sabe. Entonces nadie se había tomado aún la molestia de contarlas.

¡Qué milagro! ¡Qué maravilla de la naturaleza! ¡Qué tesoro de la vida! ¿Cuánto hubieran pagado los países más ricos por un mar interior con miles de aves como la laguna de La Nava. Y mientras la niebla se levantaba, empezaban a volar las primeras bandadas de patos rabudos, de azulones, de porrones, llenando el aire con sus gritos, con sus llamadas, y sobre todo con ese siseo vibrante de sus cortas y afiladas alas. También el grito de los silbones, más penetrante que el de ningún tipo de pato, percutía en nuestras sienes mientras la niebla se levantaba y se levantaba, hasta dejarnos ver los siete u ocho mil gansos campestres que estaban en el centro de la laguna.
En el centro de la Tierra de Campos, en el corazón de Castilla, miles y miles de grullas, de gansos, de patos, de garzas, de limícolas ocupando hectáreas y hectáreas de unas aguas de escasa profundidad que les proporcionaban el necesario alimento. Difícilmente puede contemplarse un espectáculo semejante diría yo que ni siquiera en la marisma del Guadalquivir. Difícilmente puede contemplarse un amanecer como aquel del mar interior de Castilla que tuve la dicha de contemplar antes de que se desecara. Un par de hoteles turísticos, unos observatorios de aves, una buena campaña internacional del turismo elevado, del turismo zoológico, hubiera rendido infinitamente más que los parcos pastos, que las magras explotaciones de cereales de secano que allí se han implantado. Pero se desecó la Nava. Murió el mar de Castilla, donde habían cazado con halcones los infantes de toda la nobleza castellana».
Félix escribe el 27 de abril de 1963 un artículo en el que informa en el diario ABC de la creación del Comité Internacional para la Conservación de las Aves en España con poéticas palabras que muestran un alma noble y sana. Mes y medio antes había estado en el embalse del Rosarito, en Ávila, filmando para su primer documental, con José Luis de la Serna y Julio de Prado, los bandos de grullas que dejaban ya atrás sus cuarteles de invierno de España, y por esa vivencia empezó su escrito en el ABC:
«Ya han pasado las grullas; hace unas semanas, cuando la lluvia y el viento frío se empeñaban en prolongar este invierno implacable, sus bandadas estaban en el aire. Las ordenadas escuadras enfilaban el Noroeste, en ruta hacia la Tundra ártica. Mientras los meteorólogos se debatían entre anticiclones y olas de frío siberiano para predecir la llegada del buen tiempo, una noche estrellada, las grandes aves viajeras abandonaron en masa los campos de Extremadura. Su instinto migratorio, más perfecto que todas las máquinas humanas, presintió de pronto la primavera, el amor, la nidificación en las lejanas marismas del norte. Y las arterias del espacio volvieron a henchirse con el reflujo de los migradores. Los prudentes gansos salvajes que han invernado en las soleadas riberas del Guadalquivir, cerca de los toros marismeños, van a anidar entre rebaños de flemáticos renos.
https://www.rtve.es/play/audios/la-aventura-de-la-vida/aventura-vida-grullas/679236
Programa de radio RNE La Aventura de la Vida. Capítulo «Las Grullas» (Minuto 16:14):
Migración de las grullas, salvoconducto en las fronteras de los neolíticos
«Y pensaba yo en las grullas, desde el Pantano del Rosarito, no en las grullas de mi infancia, sino en las grullas que vi levantarse aquella mañana junto a la cámara de Alfonso Nieva, con los prismáticos colgados del pecho, y con la voz de otro amigo mío, el conde de la conquista, productor, amateur de la película, que me decía, Félix, que se nos van las grullas y no podemos hacer la secuencia. Al cuerno la secuencia, que con las grullas va colgado el corazón.

«Me las estaba imaginando yo volando en una etapa, sin descansar en todo el día ni en toda la noche, hasta pasar los Pirineos, hasta meterse en el corazón de Francia, hasta pasar sobre grupos humanos, separados muchos de ellos por el odio por las fronteras, por la incomprensión, montañas debajo, fronteras artificiales, vías férreas, carreteras, edificios, efímeros, frutos de una raza humana, que lleva edificando apenas quinientos años y que posiblemente no supere otros quinientos.
«Ellas pasaban ya por los mismos sitios mucho antes de que los patines del trineo del cazador de cromañón tatuaran su dibujo geométrico en la nieve. Me imaginaba yo a las grullas pasando en su línea recta al noreste hacia la tundra, esa dramática frontera entre Europa occidental y Europa oriental, lo que se ha dado en llamar el telón de acero. Qué poca importancia para las grullas el telón de acero.
«Allá abajo, una vil barrera entre hombres que se quieren para matarse, allá abajo una estúpida frontera, entre una especie quizá gloriosa, pero posiblemente de corta ejecutoria, y las alas de las grullas seguirían remando en el aire. Las grullas más viejas delante, marcando el rumbo en el vértice del ángulo rigurosamente geométrica. Las más jóvenes, las inexpertas como llevadas por el esfuerzo muscular, y por la fuerza mental de las grullas conductoras. Siempre hacia el norte, hacia las tierras de la nidificación, hacia las lagunas del oso blanco, hacia el lugar donde nacieron las grullas, y las grullas, por los siglos de los siglos.
«Y me figuraba yo, una mañana helada, levantándose las brumas sobre las charcas de la tunga, palpitando la tierra bajo el hielo, las primeras grullas que volviendo desde España y quizá, como les decía, desde los pantanos subsaharianos, ponen sus negras patas tridáctilas sobre el limo recién removido por el corazón del insecto y el gusano que durmió casi helado durante todo el infierno.
«Piensen conmigo, qué milagro, el de un animal que, conducido únicamente por la fuerza de su mente, de potencias hereditarias, ha podido desafiar a los vientos y a las nieves y a las lluvias y ha podido volar en línea recta miles de kilómetros, hasta poner su pie donde le pusieron desde hace miles o millones de años todos sus antepasados en la especie de las grullas. Qué orgullo para el pájaro de color gris y de ojos ambarinos cuando cierra las alas y cuando dice ya hemos llegado, ya se ha terminado el viaje.
«Y las fronteras que hemos visto hoy, quizá no las veamos mañana, porque nuestros antepasados atravesando la vieja y martirizada Europa en ese eje tremendo, que va desde el lado izquierdo del estrecho de Gibraltar, en tierras cálidas, extremeñas y portuguesas, hasta el corazón norte de la Siberia, han visto tantas fronteras distintas. Y han visto tantas ideologías caducas y contradictorias, y han visto tantos imperios derribados, y tantos ejércitos caídos, —que para nosotras las grullas el volar año tras año en un viaje de ida y vuelta no puede ser más que un informe escéptico y en cualquier caso negativo sobre la historia de una especie que se intitula Sapiens—» (21:35).
La labor de Félix caló en la sociedad española y hoy las grullas son admiradas por todos.
PUBLIREPORTAJE
Contribución patrocinadora
de la organización del centenario
de Félix Rodríguez de la Fuente

El viaje de las grullas que transforma Los Pedroches
La Mancomunidad de Los Pedroches ha desarrollado un proyecto de mejora del hábitat de invernada de la grulla común para impulsar el turismo ornitológico como herramienta de desarrollo rural. La iniciativa forma parte del Plan de Sostenibilidad Turística en Destino de la comarca que cuenta con financiación europea a través del Plan de Recuperación y Resiliencia financiado por UE–Next Generation EU.

Hay sonidos que anuncian la llegada del invierno. En la comarca cordobesa de Los Pedroches, uno de ellos llega desde el cielo. Es el trompeteo inconfundible de las grullas, aves migratorias que cada año recorren miles de kilómetros desde el norte de Europa para encontrar refugio en las dehesas del sur peninsular.
Entre noviembre y febrero, más de 6.000 grullas sobrevuelan los cielos de municipios como Belalcázar, Hinojosa del Duque o El Viso. Muchas descansan también en el entorno del embalse de La Colada, donde encuentran agua, alimento y tranquilidad. Para quienes viven en la comarca, su presencia forma ya parte del paisaje cotidiano. Para quienes llegan de fuera, supone uno de los espectáculos naturales más sorprendentes de Andalucía.
Pero el paso de las grullas por Los Pedroches es mucho más que un fenómeno migratorio. Se ha convertido en una oportunidad para impulsar un modelo de desarrollo ligado a la sostenibilidad, la conservación del entorno y el turismo de naturaleza.
Con ese objetivo, la Mancomunidad de Los Pedroches ha desarrollado un proyecto centrado en la mejora del hábitat de invernada de la grulla común y en el impulso del turismo ornitológico como herramienta de desarrollo rural. La iniciativa forma parte del Plan de Sostenibilidad Turística en Destino de la comarca y ha contado con financiación europea a través del Plan de Recuperación y Resiliencia financiado por UE-Next Generation EU.
La propuesta nace de una idea sencilla pero poderosa: proteger la biodiversidad puede generar también oportunidades económicas y sociales para el territorio. En una época en la que cada vez más viajeros buscan experiencias auténticas y respetuosas con el medio ambiente, Los Pedroches reúne unas condiciones privilegiadas para posicionarse como destino de ecoturismo.
La comarca, conocida por sus extensas dehesas de encinas, su riqueza paisajística y su biodiversidad, ofrece un escenario ideal para la observación de aves. Las grullas, además, aportan un atractivo especial por la espectacularidad de sus movimientos y por la enorme carga simbólica que poseen como aves migratorias.
Durante los últimos meses, el proyecto ha desarrollado numerosas acciones orientadas tanto a la conservación de la especie como a la promoción turística del territorio. Entre ellas destacan la elaboración de cartografía ambiental para identificar las principales zonas de invernada, campañas de sensibilización ciudadana, actividades educativas y de divulgación ambiental, así como la creación de materiales audiovisuales y promocionales especializados.
Además, se ha trabajado en la formación de profesionales del sector turístico para mejorar la atención a visitantes interesados en la observación de fauna y en las experiencias vinculadas al ecoturismo. Todo ello persigue consolidar una oferta turística sostenible capaz de atraer visitantes durante los meses de invierno, una época tradicionalmente menos activa para el turismo rural.

El auge del turismo ornitológico está generando nuevas oportunidades en numerosos territorios rurales europeos. Se trata de un tipo de turismo muy vinculado a la naturaleza y a la cultura local, con visitantes que suelen permanecer más tiempo en el destino y consumir productos y servicios de proximidad. Hoteles rurales, restaurantes, empresas de actividades, comercios y guías especializados pueden beneficiarse de esta creciente demanda.
En Los Pedroches, además, la observación de grullas se complementa con otros atractivos de gran valor: la gastronomía ligada al ibérico, las rutas por dehesas, el patrimonio histórico de los municipios o la tranquilidad de unos paisajes que conservan todavía una fuerte conexión con la naturaleza.
Uno de los proyectos más llamativos impulsados dentro de esta estrategia es el futuro Festival de la Grulla, concebido como un gran evento de divulgación y promoción territorial. La iniciativa pretende unir ciencia, turismo, cultura y gastronomía alrededor de la presencia de estas aves migratorias, reforzando así la identidad de la comarca como destino de naturaleza.
Más allá de su impacto turístico, el proyecto también pone el foco en la importancia de conservar ecosistemas tan valiosos como las dehesas. Estos paisajes, resultado de siglos de convivencia entre actividad humana y naturaleza, constituyen uno de los hábitats con mayor biodiversidad de Europa. Su conservación no solo beneficia a especies emblemáticas como la grulla común, sino también a numerosas aves, mamíferos e insectos que dependen de este entorno.
La experiencia desarrollada en Los Pedroches demuestra cómo la protección ambiental y el desarrollo económico pueden avanzar de la mano. Frente a modelos basados en la explotación intensiva del territorio, iniciativas como esta apuestan por aprovechar los recursos naturales de forma sostenible, generando empleo, fijando población y fortaleciendo el arraigo rural.
En un momento en el que muchos municipios pequeños luchan contra la despoblación, proyectos vinculados al ecoturismo ofrecen nuevas posibilidades de futuro. La llegada anual de las grullas, que durante décadas fue vista simplemente como un fenómeno natural estacional, se ha transformado ahora en un símbolo de identidad y en una herramienta para dinamizar la comarca.
Cada invierno, cuando las grandes bandadas vuelven a cubrir el cielo de Los Pedroches, no solo comienza una nueva temporada para estas aves viajeras. También se renueva la oportunidad de demostrar que naturaleza, cultura y desarrollo rural pueden convivir y crecer juntos.

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Una respuesta a «Las grullas y Félix»
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